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Esperanza en España

Esperanza en España.

 

Hace algo más de un año, a principios de 2015, ABC me publicó un artículo en su Tercera que titulé La España del Valor y la España del Miedo. En él hablaba de cómo España continuaba inmersa en su década perdida desde el 11 de marzo de 2004, y de cómo los políticos irresponsables de uno y otro lado estaban resucitando lo peor de las dos españas, el sectarismo y el miedo.

Para alguien que –como yo- defiende la libertad individual frente a las incesantes acometidas del Estado en todos los órdenes de la vida, la defensa de la libertad siempre lleva aparejada una responsabilidad en grado equivalente. Por lo tanto, no procede exigir libertad sin ofrecer a cambio responsabilidad. Y los españoles teníamos en 2015 una gran responsabilidad por delante. Apelaba en aquel artículo a la necesaria reacción por parte de los españoles, a recuperar nuestra esencia, a ser valientes, a ser exigentes con nuestra clase política y no contentarnos con el mal menor.

Por desgracia, lo acontecido posteriormente a la publicación de aquel artículo no deja mucho espacio para el optimismo. Las elecciones del 20D arrojaron un resultado complejo, reflejo de la desorientación que vivimos como nación. Para ser claros, lo que los españoles libremente eligieron aquel día fue, en mi opinión, un mosaico político muy perjudicial para España. Por tanto, si uno es coherente con su visión del binomio libertad/responsabilidad, debe creer que los españoles actuaron de forma tremendamente irresponsable. Y, efectivamente, lo creo.

Pero los españoles que cumplieron con su parte acudiendo a las urnas no tienen toda la responsabilidad de cómo estamos hoy. Al fin y al cabo, no tenían mucho donde elegir. A un lado, el sectarismo y el revanchismo de unos antisistema que quieren hacerse con el sistema. A otro lado, la inoperancia política elevado al grado máximo en forma de partido de gobierno. En medio, un irreconocible socialismo entregado a los antisistema, y una aparente novedad que resultó no ser más que una campaña de marketing en forma de limpiaparabrisas, con su desplazamiento desde la presunta derecha hacia la izquierda, siempre vacío de contenido. Al margen de estas cuatro opciones, varias alternativas destructoras de la unidad nacional, y al menos otra un poco distinta, pero que no obtuvo no ya representación, sino cobertura informativa siquiera. No oculto que yo soy de Vox.

Las opciones que se les ofrecía a los españoles, por tanto, no eran muy esperanzadoras. Pero el comportamiento de los líderes políticos desde el día de las elecciones ha sido aún peor. El tancredismo del Presidente del Gobierno ya era conocido, y quizá es el que menos sorpresa ha podido causar. El enorme cinismo oportunista de los populistas era tan previsible como perjudicial para el conjunto de los españoles.

Ahora bien, quizá no todos sus votantes sabían que el “centro” se iba a entregar con tanta facilidad a la izquierda, quizá porque desconocían (de nuevo, la responsabilidad individual de saber lo que uno vota) que ese centro en realidad había sido siempre una izquierda aseada y atractiva, pero izquierda al fin y al cabo.

Y qué decir del partido más decepcionante de todos, el otrora partido de gobierno de la izquierda sin complejos, del partido comúnmente aceptado como rival por la derecha. Aquel partido es hoy irreconocible, como confiesan día sí y día también varios antiguos barones que ejercieron las máximas responsabilidades de gobierno, y que hoy claman en el desierto de la indiferencia de sus antiguos correligionarios. Los Corcuera, Leguina o Pacovázquez que en su día parecían unos revolucionarios son hoy auténticos hombres de Estado que dicen verdades que ni la derecha se atreve a decir. De su viejo partido no ha quedado nada, salvo un reducido número de viejas consignas marchitadas (el Concordato con la Santa Sede, acabar con los ricos…)

Pues bien, frente a este negro panorama, tengo una enorme esperanza en España. ¿Cómo es posible? Porque a pesar de todo, España es mucho más que sus desastrosos políticos. España son sus familias, el empuje de sus jóvenes, la experiencia de sus mayores, el dinamismos de sus autónomos, sus trabajadores, sus comerciantes, sus empresarios… España es el conjunto de los pequeños éxitos individuales que se van logrando día a día y que pasan desapercibidos para la prensa, pero que todos conocemos. España irá –espero- superando progresivamente su dependencia del Estado y de sus políticos, que se irán tornando cada vez más irrelevantes, a pesar de sus insistentes recortes de libertades y de responsabilidades a las que nos someten a diario.

Como decía en mi artículo antes citado, España tiene solución. Los españoles poseemos fortalezas innatas que los irresponsables han podido adormilar pero que nunca podrán anular, porque forman parte de nuestra esencia. Los españoles tenemos valor, y aunque hace años que nos lo reprimen, tenemos también una tradición de resucitarlo en los momentos claves de nuestra Historia. Y la Historia nos coloca ahora ante decisiones que tendrán un enorme impacto sobre nuestro futuro y el futuro de nuestros hijos.

España, en fin, se merece una suerte muy distinta a la que le están preparando -en franca alianza- los nuevos totalitarismos y los viejos partidos. Se merece otros dirigentes, hombres y mujeres capaces de llevar a buen término una profunda regeneración moral y política, capaces de devolver a los jóvenes la esperanza, a los mayores la seguridad y a todos la ilusión de un proyecto nacional que recupere la libertad, la convivencia y el futuro para todos los españoles.

No lo harán estos políticos. Pero tengo esperanza en que lo haremos nosotros, los españoles, al margen de los políticos. Tengo esperanza en España.

 

Iván Espinosa de los Monteros

Ex- Secretario General de VOX ESPAÑA