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El inexistente voto femenino

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El inexistente voto femenino

Mi abuela votó a las derechas. Esa sería la conclusión lógica de un comportamiento que las mujeres tuvieron de manera mayoritaria en la Segunda República Española. Al menos eso es lo que los analistas de la época, todos hombres, dedujeron del triunfo de la derecha tras las primeras elecciones en que las mujeres pudieron votar en España. Vicente Blasco Ibáñez que entonces dirigía el diario El Pueblo, un periódico republicano que llegó a ser el más leído en Valencia, las acusó vehementemente de haber dado al traste con el viejo sueño republicano. La explicación era que las mujeres eran más conservadoras en general y su principal influencia salía de los confesionarios.

Mientras elaboraba mi tesina sobre la prensa femenina de la Segunda República le pregunté: “Abuela, tú cuando votaste a la derecha antes de la guerra, ¿eras consciente de lo qué votabas?” Ella, que era mundana y viajera, me respondió: “Querida, le pregunté a tu abuelo lo que tenía que votar e hice lo contrario”. Comprendí entonces la importancia del secreto en el voto.

El 19 de noviembre de 1933, 1.729.793 mujeres (de un censo de 6.783.629 de electores) pudieron votar por primera vez
El resultado de las elecciones de noviembre de 1933 fue la derrota de los republicanos de izquierda y de los socialistas y el triunfo de la derecha y del centroderecha, debido fundamentalmente a que los partidos de esa tendencia se presentaron unidos formando coaliciones, mientras que la izquierda se presentó dividida.

Todas las mujeres no votan lo mismo, así que es absurdo hablar de un voto femenino, de igual forma que no hay un voto joven ni un voto hispano, ni siquiera un voto urbano. En España las mujeres no decantan un voto hacia ninguno de los lados, seguramente porque no tampoco hay una oferta propiamente femenina, que proponga un programa sobre problemas exclusivamente centrados en los intereses de la mujer. Pero es que tampoco hay un interés único y común. Las diferencias entre unas y otras se producen en función de otras variables, como la edad, la clase social o el entorno.

En los programas electorales podríamos distinguir entre los que recogen demandan feministas o los que no, y ni siquiera eso agrupa a las mujeres en torno a esta oferta de forma clara y delimitada. Posiciones en torno al aborto, a la gestación subrogada, a la baja por maternidad, la conciliación familiar, la violencia de género o la brecha salarial, son los temas que polarizan los debates a lo largo del eje ideológico. Se trataría de dos formas diferentes de entender el feminismo. Desde la intransigencia machista hasta el extremo apoyo y fomento a la mujer considerada como víctima (que lo es, por cierto), pasando por zonas más liberales que basan los argumentos en la defensa de los derechos humanos de las mujeres como los de cualquiera.

Podríamos decir que las mujeres votan como los hombres y desconfían de una mujer candidata como lo harían de un hombre. No tengo el dato, pero no creo que Inés Arrimadas en Cataluña haya recibido el apoyo incondicional de las mujeres. Lo que sí ha conseguido es que no la votasen por ser mujer, ni por lo contrario.

Imma Aguilar Nàcher

Consutora Política y asesora de comunicación

@immaaguilar 

Perfil Público

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